El bullicio de la capital contrastaba drásticamente con la imponente quietud de las montañas, pero la mansión de los Blackwood en Aethelgar mantenía su propia atmósfera de sobria elegancia. Tras un viaje eficiente y sin contratiempos por los desfiladeros donde la nieve ya se batía en retirada, la familia se había instalado en su residencia principal con la presteza que caracterizaba a su linaje. Los carruajes apenas habían sido resguardados en las caballerizas cuando el deber y los compromisos