Al cruzar de regreso las pesadas cortinas de terciopelo carmesí, el estruendo del Gran Salón volvió a envolverlos, pero la atmósfera ya no se sentía igual para Ania. El abismo invisible que había percibido minutos antes se había esfumado por completo tras su conversación en el balcón. Caminando al lado de Aiden, notó cómo la rigidez de los hombros del príncipe se había disipado, mostrando una soltura que solo compartía con ella. La timidez del reencuentro dio paso a una calidez reconfortante; y