Los días siguientes al primer encuentro real fueron una sucesión de huidas calculadas y regresos anhelantes. Caspian e Isolde no se detuvieron en ese segundo encuentro; se vieron tres, cuatro, cinco veces más. Cada tarde, el Rey burlaba la vigilancia de palacio para perderse en el Bosque de la Niebla, y cada tarde, la cercanía entre ellos crecía como una enredadera imparable. Habían compartido historias bajo la lluvia, se habían enseñado los nombres de las estrellas y habían discutido sobre la