La mañana en el Palacio de Cristal no trajo la paz que Caspian tanto anhelaba, sino un recordatorio brutal de que su tiempo como hombre libre se agotaba con cada grano de arena que caía en el reloj real. El gran salón del trono, con sus techos infinitos y su eco constante, se sentía más frío que nunca. Caspian permanecía de pie frente al ventanal, observando el horizonte con una fijeza que ocultaba su desesperación. Su piel blanca parecía casi traslúcida bajo la luz del alba, y su cabello azula