El amanecer tiñó el lago de un rosa pálido que contrastaba brutalmente con la tensión dentro de la villa. Alejandro no había dormido. Se había pasado las últimas horas en el despacho improvisado, haciendo llamadas en voz baja y revisando informes que Daniel le enviaba cada pocos minutos.
Lia entró con Mateo en brazos. El bebé estaba despierto, pero tranquilo, chupando un mordedor de silicona mientras observaba todo con esos ojos grandes y curiosos que aún no conocían el peligro.
—¿Alguna noveda