La noche cayó sobre el lago de Como como un telón pesado. Las luces de la villa se mantuvieron bajas, apenas un resplandor cálido que no delatara posiciones. Dentro, el equipo de seguridad se movía en silencio: drones zumbaban en el perímetro, cámaras infrarrojas barrían las colinas y dos hombres adicionales habían llegado en lancha desde el pueblo cercano.
Lia no soltaba a Mateo. Lo tenía pegado contra su pecho mientras caminaba de un lado a otro del salón principal, sus pasos descalzos sobre