El mensaje con la foto reciente de la villa flotaba aún en la pantalla del teléfono seguro. Alejandro lo miró fijamente durante varios segundos antes de borrarlo. No dijo nada. No quería que Lia lo viera. No esta noche.
Se guardó el móvil en el bolsillo y se acercó a la cuna. Mateo dormía con los puñitos cerrados junto a su carita, respirando con esa calma profunda que solo los bebés inocentes poseen. Lia estaba sentada al borde de la cama, con las piernas cruzadas y la mirada perdida en la par