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Las montañas huelen a exilio. A tierra húmeda, a madera vieja y a aislamiento voluntario. Aunque en realidad, no tan voluntario. Lo que hicimos fue un escape. Una fuga a destiempo, con los latidos en la garganta y las maletas medio cerradas. Pero si cierro los ojos, por un instante, casi puedo fingir que esto no es una prisión disfrazada de refugio.

Viktor no ha dicho una palabra desde que salimos de Moscú. El trayecto fue un silencio sólido, de esos que no se rompen ni con balas. Yo no pregunt
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