Si el infierno tuviera paredes doradas y seguridad perimetral con francotiradores, se parecería bastante a la mansión Ruslanov.
Después de la desaparición de Artem, todo el sistema se transformó en una trampa de vidrio: reforzado por fuera, pero quebrándose con cada segundo que pasaba. Doblaron la vigilancia, instalaron lectores biométricos en cada puerta, y hasta los cocineros tenían que mostrar identificación para entrar a la cocina. Y aun así… había algo, o alguien, que seguía jugando con no