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Desde que apareció esa maldita nota, no he tenido ni un segundo de paz. Es como si un aliento helado me soplara en la nuca cada vez que me doy la vuelta. Y claro, Viktor lo notó.

Su forma de reaccionar fue tan… él. Cámaras, vigilancia las veinticuatro horas, dos hombres apostados fuera de mi habitación como si fuera la princesa de Rusia. O una prisionera de guerra. A estas alturas, ya no sé cuál de las dos se ajusta mejor.

Intenté argumentar. Le dije que era exagerado, paranoico, que no podían
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