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—No me vas a dejar aquí como si fuera una maldita mascota.

Estaba de pie en el pasillo del garaje subterráneo, con los brazos cruzados, los ojos encendidos y el pulso a mil. Viktor ya llevaba la chaqueta puesta, el auricular en la oreja, la pistola ajustada a la cadera. Todo en él gritaba peligro sexy y maldito, y eso solo me daba más razones para odiarlo por querer dejarme fuera.

—Ariadne, esta operación no es un juego. No hay margen de error.

—Y yo no soy una flor de adorno. Me llevaste a la v
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