Nunca me ha gustado el invierno. No por el frío —puedo soportar las bajas temperaturas con un buen abrigo y una taza de café—, sino por lo que representa: quietud. Silencio. Esa sensación de que todo está detenido y solo tú sigues respirando.
Y eso es exactamente lo que sentí cuando el avión privado tocó tierra frente a la villa de los Makarov. Como si me hubieran empujado dentro de un cuento de hadas oscuro, con pasillos dorados, techos altos y secretos escondidos en las paredes.
—Sonríe, espo