Capítulo 7: Emociones confusas

POV: Mariana

Quise convencerme de que solo era mi imaginación. Un truco del encierro en esta mansión. Un espejismo nacido del silencio.

Horas después, caminando rápidamente por el pasillo del ala oeste, ya no sabía cuántas pollitos amarillos había contado en mi cabeza con el propósito de sacarme la imagen de Elías de esta tarde. Llegué a mi habitación y noté que estaba sosteniendo los libros de Matías. Corrí hacia su habitación, aprovechando que Clara estaba dándole un baño.

Busqué organizar los libros es sus estantes, en su mesa de noche, en los organizadores. No había espacio. Debía volver a la biblioteca a llevar estos libros. Miré mi reloj, ya era de noche. ¿Sería seguro volver allí? ¿Volver después de lo que pasó?

Realmente no pasó nada, ¿Por qué no podía dejar de pensar en eso? De acuerdo, iría a regresar los libros. Elías seguramente no se daría cuenta. Entonces me enfoqué en el trayecto y me forcé a dejar de pensar que algo había sucedido entre él y yo, porque a ciencia cierta, nada había pasado. Al llegar a la biblioteca, vi que la puerta estaba semiabierta. Me adentré y vi a Elías de pie frente al escritorio que estaba al fondo de los estantes de libros.

Olvidé respirar por un instante.

Elías tenía su chaqueta colgada en el respaldo y su camisa blanca aún remangada, como si el día se le hubiera escapado. Tenía los botones del cuello y pecho deshechos, y se veía condenadamente erótico.

Él no me vio entrar de inmediato. Estaba de espaldas en una videollamada con una mujer. No tenía auriculares, así que todo se podía escuchar.

—...Tienes que decirme qué opinas de ella y no una opinión subjetiva, si no está cumpliendo —dijo la mujer. Enseguida supe que era Valentina.

—Ya te dije que no se va, Vale. De momento—respondió él cortante.

—Elías, así no funcionan las cosas, aunque Matías esté encariñado, si ella no sirve para el puesto…—Él levantó su mirada y encontró mi reflejo en el ventanal detrás del escritorio. Se apresuró a cortar la llamada.

—¡Valentina! —Alzó la voz y después continuó con un tono suave que nunca le he visto usar, ni con Matías— Vale, seguimos mañana, lo prometo.

Guardó su teléfono en su bolsillo.Toqué la puerta con los nudillos.

—¿Interrumpo?

—¿No le han dicho nunca que no debe escuchar conversaciones ajenas?—Su voz era fría, estaba molesto.

—Lo siento, iba a tocar, pero la verdad es que… Pensé que la llamada era importante.

Me ignoró. Giró su cuerpo para verme e frente, despacio. Sus ojos no estaban fríos. Tampoco cálidos. Eran… opacos. Como si él mismo estuviera intentando decidir si debía ser amable o mantenerse distante. Y fue mejor. Mi cuerpo estaba tenso por la preparación para la confrontación.

—¿Necesita algo?

—Solo venía a dejar esto. —levanté los libros un instante— Clara dijo que el estante del fondo era para los libros que Matías usa más seguido.

—Sí. Ahí está bien.

Crucé el umbral con los libros entre los brazos y entonces ocurrió.

Me agaché al mismo tiempo que él se acercaba para alcanzarme unos libros que yo no había visto. Nuestras manos se encontraron en el aire. Mi brazo rozó su muñeca. Su piel estaba caliente e incluso así, ambos nos congelamos.

Él no se apartó enseguida. Tampoco lo hice yo. Fue apenas un segundo. Tal vez dos.

Pero fue suficiente para que la energía cambiara por completo. El aire se volvió denso, cargado. Pude oír mi respiración. Sentí el zumbido sutil en mis oídos.

Me incorporé con cuidado. Elías también. Ninguno dijo nada. Y sin embargo, todo

se dijo. Él desvió la mirada primero. Caminó hacia el ventanal como si necesitara distancia.

—¿Matías tuvo problemas hoy en la lectura? —preguntó de pronto, sin volverse.

—No. Estuvo tranquilo. Hizo un dibujo al final. De nosotros tres.

Él se giró levemente.

—¿Nosotros tres?

—Usted, él y yo —respondí, con voz serena.

Elías asintió. Algo en su rostro se quebró un poco. Tal vez culpa. Tal vez miedo.

—No quiero que se encariñe demasiado —dijo.

—Entonces debería despedirme ahora mismo —contesté sin pensar—. Porque ya es tarde para eso.

Nos miramos. Firmeza contra firmeza. Silencios que no sabían mentir. Él no dijo nada. Yo tampoco. Solo salí de la biblioteca, sabiendo que si me quedaba un minuto más, algo dentro de mí iba a estallar. Subí a mi habitación con pasos más rápidos de lo necesario.

Tenía calor. No por la temperatura. Por dentro. Por todo lo que no había dicho. Por lo que sentí al rozarlo. Por cómo me miró después. Y por cómo afirmó que no quería ningún tipo de lazo conmigo.

"No quiero que se encariñe demasiado", había dicho. Refiriéndose a Matías. Pero por cómo apartó los ojos cuando lo dijo… no estaba hablando solo de su hijo. Se refería también a él. Y, en el fondo, quizás… a mí.

Me encerré en el baño y dejé correr el agua fría. No para ducharme. Solo para llenar el silencio. Para no escuchar mi respiración agitada. Ni mi corazón insistente. Me miré en el espejo.

No había nada especial en mí. El cabello recogido a medias. Ojeras de los últimos días. Una blusa suelta que olía a libro viejo. Y aun así… él me había mirado. No como jefe. No como tutora. Como hombre.

Y eso me alteraba más que cualquier línea que pudiéramos cruzar.

Esa noche, no leí. No trabajé. Me recosté en la cama, de lado, con la lámpara apagada y la ventana entreabierta. El aire fresco de California entraba despacio, perfumado de jazmín.

Pensé en su voz. En su espalda.

En la forma en que se le tensaba la mandíbula cuando intentaba tragarse emociones que no sabía nombrar.

Pensé en lo que pasaría si se acercara a mi puerta.

Si tocara una sola vez.

Si entrara.

Y entonces… Comencé a acariciarme. Me toqué el cuello. Bajé hacia mi pecho… y cuando me sentí enfebrecida, me odié un poco. Respiraba con intensidad cuando un pensamiento cruzó mi mente, una pregunta...

¿Qué le dejarás hacerte si entra aquí, Mariana?

Me detesté más. No vine aquí para eso. Vine para trabajar. Para ayudar. Para sanar a un niño. No para complicarlo todo deseando a un hombre que no está disponible. Ni emocional, ni legal, ni moralmente.

Solo habían pasado tres días aquí y no sabía ni siquiera si mi posición era segura para solicitar los permisos de estadía en el país. ¿Conclusión? No podía solo irme. ¿Me despidiría antes del viernes? Él podría.

Pasada la medianoche, me levanté por agua.

Bajé las escaleras descalza, cuidando no hacer ruido. La cocina estaba oscura, salvo por la luz tenue que Clara dejaba encendida. Abrí el grifo, serví el vaso y bebí lento, como si pudiera enfriar lo que hervía por dentro.

Entonces lo sentí.

Otra vez.

Esa presencia que me hacía temblar. Cerré mis ojos por un instante. Sabía que era él antes de verlo siquiera.

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