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Capítulo 5: El bálsamo que no sabía que necesitaba

POV: Elías Anchorena

Ubicación: Mansión Anchorena, California

6:03 am.

Caminé con paso firme por los pasillos iluminados por la salida del sol. Aunque no pude dormir bien, las tres horas en las que logré conciliar el sueño fueron suficientes para regresar a mi acostumbrada actitud.

En cuanto a Mariana, no importaba cuán diferente fuera de nosotros. No podía ser tan malo. Podría ajustarme y hacerla entrar en mi sistema de orden. Solo necesitaba tiempo para saber cómo.

Poco antes de llegar a la cocina, me detuve en seco. Risas. Mis oídos estaban escuchando risas que venían de la cocina. Eran Clara y Mariana. Pequeñas carcajadas tímidas mientras hablaban de comida natal, o algo parecido. El acento de Mariana llenaba los pasillos. Su español cantado, sus modismos latinos, sus gestos al hablar.

Era otro idioma. Otra forma de habitar el mundo.

Y también otro tipo de peligro.

Bianca era todo lo contrario. Había sido elegante, sobria, calculadora. Su presencia era un perfume caro: lo llenaba todo sin imponerse.

Mariana, en cambio, era fuego volátil. Se notaba sin querer. Ocupaba el espacio, invadía. Era el aire.

Cuando la vi por primera vez me quedé impresionado de su belleza. Llegué a pensar que había llegado a esta altura de su vida gracias a ese cuerpo, a ese porte, y a ese perfecto rostro que la acompañaba.

Lo admito, disparé todos mis prejuicios. Pero en mi defensa,  si es que la necesito, fueron mis mecanismos de sobrevivencia. Me sentí asaltado por sus labios, dolido porque no me habían tocado.

No era normal sentirme de esa manera a segundos de conocer a alguien, como hipnotizado. Y lo odié.

Ya en el presente, me quedé un rato más de pie. Estaba tratando de absorber lo mejor que podía de su risa, un sonido tan hermoso como peligroso, una invasión. Cuando empecé a caminar noté un pequeño golpe en el peso.

Era ella, estaba tan perdido en mis propios pensamientos que no la vi salir de la cocina y caminar hacia mí torpemente, tropezando. Aguanté las ganas de reprimirme a mí mismo por esta falta de conciencia. Bajé mi mirada y noté que mis manos se habían apresurado a sostenerla. Bebí del resto de mi visión. Ella llevaba un vestido sencillo, suelto, y el cabello recogido a medias.

Quise tocarlo. Pero solo la idea de ese deseo me asustó. Cuando me vio, me sonrió.

No me sonrías Mariana.

—Buenos días, señor Anchorena.

Odié que me llamara así. Pero odié más que me gustara oírlo en su voz.

—Buenos días, Mariana.—Respondí con un tono neutral.

Dejé de tocarla y seguí caminando, sin detenerme, sin mirar atrás. Sin verla a ella. Tenía que seguir caminando y alejarme de ella.

Clara me saludó y la verdad es que no pude pensar en nada. El sonido de la risa de Mariana quedó flotando en mi mente.

Y conmigo. Sentirla como el eco de una certeza incómoda fue inquietante: Ella ya está dentro. Y no sé cómo sacarla.

///

Esa noche, después de dejar a Matías dormido —más tranquilo de lo que lo había visto en años— me senté en la terraza general con una copa de vino. Desde allí se veían las luces de Palo Alto como una constelación artificial. Todo parecía lejano, contenido, mudo.

Como yo.

Hasta que escuché pasos.

Volteé.

Era Mariana.

Había salido con un suéter liviano que caía levemente por un hombro, dejando a visión su piel. Sostenía una taza humeante entre las manos. Me vio. Dudó un instante. Y luego caminó hacia mí.

—¿Le molesta si me siento aquí? —preguntó, con la voz baja.

—Es tu casa ahora, ¿no?

Me arrepentí de inmediato. Sonó más áspero de lo que sentía. Ella no se ofendió. Solo se sentó a una distancia prudente.

—No quiero invadir su espacio, Señor Elías —dijo—. Solo necesitaba aire. Es una casa muy silenciosa.

—Es solo… Elías. Sin el "Señor". Y así de silenciosa es como me gusta.

—¿Incluso con un niño?

La pregunta me atravesó. Giré el rostro hacia ella.

Sus ojos eran suaves, pero firmes. No me desafiaba. Me veía. Tenía genuina curiosidad por mis gustos... Y saber esa intromisión, dolía más.

—No lo sé —confesé—. Tal vez ya no sé cómo se supone que debe sonar un hogar.

Ella no respondió. Solo bebió de su taza. La brisa nos envolvía a ambos, y por un instante, el silencio dejó de ser incómodo.

—Matías no está roto. Solo está esperando que alguien escuche lo que no se atreve a decir—dijo sin mirarme.

Sus palabras se clavaron hondo. Y antes de que pudiera responder, se levantó.

—Buenas noches, señor Anchorena.

Y se fue.

... Me quedé aquí, con la copa intacta, sin probar. De pronto, ya no me apetecía repetir el mismo ritual de cada noche, beber una copa antes de dormir. Sentía algo moverse dentro de mí. Algo que no sabía si era esperanza… o amenaza.

¿A quién trato de engañar? Ella es el veneno que siento dentro de mí, que me hace sentir mal en mi propia piel y que me hace sentir calma cuando debería estar alarmado por querer tenerla cerca…

Ella es el bálsamo, que no sabía que necesitaba y el que me negaba rotúndamente a tener.

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