Capítulo 6: Ni siquiera es mi tipo

POV: Mariana

Ubicación: Mansión Anchorena, California

5:40am

Segundo día consecutivo. Me desperté antes de que sonara mi alarma.

No por ansiedad. No por responsabilidad. Simplemente porque mi cuerpo sabía que en esta casa no se duerme profundo. Se escucha. Se vigila. Se sobrevive.

La mansión tenía un eco particular a esa hora: como si las paredes respiraran lo que nadie decía.

Me vestí en silencio y caminé por el pasillo de mármol pulido, en dirección a las escaleras para bajar a la cocina, para preparar el desayuno de Matías antes de que Clara se adelantase.

Pero en el camino, lo vi.

Elías.

Salía de su habitación con una toalla alrededor de la cintura, el cabello húmedo cayéndole desordenado, y el torso desnudo como si no existiera el concepto de pudor en su mundo.

Me congelé.

Él también.

Por una fracción de segundo, nuestros ojos se encontraron. Y no hubo palabras.

Solo el calor que subió desde mis pies hasta el cuello, quemando cada parte de mí. Él no se movió. Yo no supe dónde mirar. Ni siquiera era “mi tipo”. ¿Qué demonios significaba eso de todos modos?

Elías era el tipo de hombre que exhalaba poder sin esfuerzo. Que parecía construido a base de decisiones frías y silencios punzantes. Pero en ese momento, sin traje ni corbata, con gotas de agua deslizándose por su piel…

Era otra cosa.

Era un hombre.

Y eso fue lo que me desestabilizó.

—Perdón —susurré, girando el rostro y apretando el paso hacia la escalera.

Él no dijo nada.

Pero su mirada me siguió hasta que desaparecí del pasillo.

Lo supe. Lo sentí. Y odié que me gustara sentirlo.

La cocina estaba en silencio cuando llegué. Me puse a preparar avena con manzana, algo que Matías había aceptado la mañana anterior sin hacer muecas. Aunque Clara siempre tenía todo bajo control, me gustaba preparar el desayuno.

Me hacía sentir útil. Presente. Como si pudiera ganarme el derecho a quedarme un día más en esta casa donde todo parecía tener dueño… menos yo.

Y aunque mi mente necesitaba enfocarse en los ingredientes que tenía en frente, realmente no podía dejar de pensar en lo que acababa de ver. En que me

había provocado verlo.

Elías Anchorena no era solo un hombre atractivo. Era una advertencia envuelta en piel dorada por el sol, con el tipo de mirada que corta el aire y lo vuelve otra cosa. Y verlo fuera de su traje, sin armadura ni distancia, fue como cruzar una línea invisible entre la lógica y lo inevitable.

Con todo lo que tenía para hacer con mi estatus migratorio, yo no tenía tiempo para fantasías. Mucho menos con un hombre como él.

Y sin embargo, ahí estaban: los pensamientos. Las imágenes que mi cuerpo traidor empezaba a guardar sin mi permiso.

Recordé sus hombros. La curva de su espalda. El surco que hacía la toalla sobre su abdomen.

No es nada, me repetí. Solo fue el impacto. Una reacción humana. Tenías tiempo sin ver un cuerpo tan masculino de cerca, de frente. Punto.

Pero sabía que me mentía. Y con esa rendición de mi parte, me concentré en hacer el desayuno.

Cuando Matías bajó, todo en mí se suavizó. Era como mi recordatorio del por qué amaba trabajar con niños. Pero él era especial, era mi ancla. Mi razón. Mi refugio dentro de una casa que a veces sentía como museo y otras como trinchera.

—Hoy te preparé avena con manzana —le dije, agachándome para hablarle a su altura—. Como la de ayer, pero con canela. ¿Te parece?

Matías asintió con una sonrisa apenas dibujada, y mi corazón se infló de alivio. Me senté a su lado mientras comía en silencio, acompañándolo con calma. Su mundo no tenía muchas palabras, pero sí señales. Miradas. Ritmos. Secuencia. Patrones.

Lo entendía. Tal vez porque yo también crecí leyendo gestos antes que discursos.

16:45

—Y el conejillo pasó por delante de la casa del Búho. Quiso tocarle la puerta…

Miré a mi lado. Matías escuchaba atentamente la historia que leía.

Unos minutos antes Clara había informado que debíamos ir al jardín por ser la hora de la merienda pero Matías no se veía muy animado por la idea. Un plan secreto de escaparnos a la biblioteca fue lo mejor y más rápido que se me pudo ocurrir.

—Muchos le tienen miedo al Búho, pero seguro es que no tiene amigos, pensó el conejillo. —Matías asintió, como si se sintiera identificado con la frase. Seguí. —Es por eso que el conejillo decidió que él sería amigo del Búho. Pero ¿Cuándo se armaría de valor para tocar la puerta y llamarlo?

Mientras leía, sentí un escalofrío por toda mi columna. No era miedo, era reconocimiento. Alcé la mirada y entendí la reacción de mi cuerpo.

Era Elías. Ahí estaba con su traje impecable, camisa blanca remangada, reloj caro. Su presencia tenía un peso propio, como si alterara el oxígeno del lugar. Había entrado sin hacer ruido. Y tenía sus ojos… clavados en mí.

Carraspeé.

Miré de nuevo al libro. Manteniendo silencio, Elías solo caminó hasta el sillón del fondo y se sentó con su tablet. Yo seguí leyendo, imaginando que él también estaría pendiente de sus asuntos.

Al cabo de un par de minutos, levanté la mirada y noté que no había tocado su tablet en ningún momento. Seguía posando sus ojos fijamente sobre mí.

Me retorcí un poco. Y seguí leyendo, fingiendo que no me afectaba. Pero la verdad era otra: me ardía la piel.

Cada vez que pronunciaba una palabra, sentía que me escuchaba demasiado. Como si prestara atención, no al cuento, sino al ritmo de mi voz, al modo en que mis labios se movían.

¿Por qué no deja de ver mis labios?

Sentía el calor subir por mi cuello. Mis dedos tensarse al pasar página. El timbre de mi voz alterarse apenas. Como si todo mi cuerpo estuviera al tanto de él… y no pudiera fingir lo contrario.

Matías, ajeno a todo, sonreía.

Yo no.

Yo luchaba con el vértigo que me provocaba su mirada. Y con la certeza de que esto… apenas comenzaba. Golpeó su tablet contra el mueble, demasiado fuerte, demasiado rápido. Visiblemente molesto, cortó el contacto visual y se marchó de la biblioteca sin decir una palabra.

Y sin embargo, me dejó llena de preguntas.

¿Qué buscaba al sentarse ahí?

¿Estaba evaluándome como tutora… o simplemente me estaba mirando... como... como mujer?

¿Había notado el temblor leve en mi voz, el nudo que me tragaba con cada página?

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