Capítulo 3: Extraña razón

POV: Elías

Lugar: California, Palo Alto – Sede de Anchorena Global Holdings

(Horas antes) 

Son las 4 de la tarde. He pasado todo el día haciendo entrevistas. Una tras otra. Mujeres con títulos de universidades de la Ivy League, psicólogas infantiles con doctorados y nanas con cartas de recomendación de celebridades. Y todas, sin excepción, tenían el mismo defecto: me tenían miedo a mí, o le tenían lástima a él.

Faltaba una más y podría tomar una decisión... A este punto, estoy desesperado. Todas las personas parecen distraídas, o demasiado nerviosas para llevar a cabo este trabajo.

4:15 pm en punto. Levanté el teléfono. —Laura, por favor, haz pasar a la última candidata.

Colgué antes de escuchar su respuesta. Tomé la carpeta con el resumen de la aplicante. Repetí su nombre en mi mente, separándolo en sílabas como si buscara un fallo en la fonética: Ma-ri-a-na To-le-do. Suena simple... Solté la carpeta sobre el escritorio de caoba y caminé hacia el ventanal.

La bahía estaba cubierta por esa neblina gris que tanto detesto, pero que encaja perfectamente con mi humor de los últimos tres años. Puse las manos tras mi espalda, adoptando la postura que sé que intimida. Es una armadura. Si ven al CEO intocable, no buscan al hombre roto.

Escuché el sonido del ascensor abriéndose a mis espaldas. Pasos. Unos pasos irregulares, tímidos. No el taconeo firme y arrogante de las candidatas anteriores.

—Señor... Señor Anchorena... —su voz tembló y algo extraño dentro de mí retumbó.

Me giré lentamente. Lo primero que vi fueron sus ojos, similares a los de mi hijo. Luego, me quedé demasiado tiempo viendo sus labios, carnosos, provocativos. Levemente negué con mi cabeza.

Ejecuté mi evaluación, clínica, casi cruel. No llevaba ropa de diseñador. Su blusa estaba arrugada en los bordes y sus zapatos tenían la suela desgastada. Necesidad. A eso huele ella. Esta mujer no estaba aquí por prestigio ni para añadir una línea en su LinkedIn. Estaba aquí porque necesitaba sobrevivir.

Y eso me servía. La gente desesperada se esfuerza más. ¿O son excusas que me estoy inventando para favorecerla en esta selección? ¡Vamos Elías! Sé serio.

—Señorita Toledo. Siéntese —ordené, volviendo a mi silla, mi trinchera.

Ella obedeció, rígida como una tabla. Fui directo al grano. No tengo tiempo para suavizar la realidad. Cuando le dije que Matías no hablaba desde la muerte de su madre, esperé la reacción habitual: el "pobrecito", la mueca de lástima condescendiente.

—Lo siento mucho —dijo ella.

Me detuve. Su voz sonó... limpia. No había teatro. Me miró a los ojos, y por un segundo, sentí una incomodidad extraña. Nadie me sostiene la mirada tanto tiempo.

—No necesito compasión. Necesito resultados —ataqué, levantando el muro de nuevo.

Pero ella no retrocedió. Al contrario, me lanzó una pregunta que me heló la sangre: ¿Y qué tipo de vínculo tiene con usted?

Sentí cómo se tensaban los músculos de mi mandíbula. ¿Cómo se atrevía? Una extraña, en mi oficina, con sus zapatos viejos, cuestionando mi paternidad. La ira burbujeó rápida y caliente, preferí sentir esta rabia a lo que mirarla inspiraba en mí.

—¿Quiere preguntarme si soy un mal padre? —escupí.

—No. Quiero saber si soy su última opción... o la primera en intentar algo distinto.

Me quedé en silencio. Touché. Era la primera vez en todo el día que alguien dejaba de tratarme como al "Señor Anchorena" y me hablaba como a un humano. Eso era peligroso.

De repente, la puerta se abrió.

Maldición. Valentina. Se supone que debía mantenerlo alejado de este piso.

Me giré y vi a Matías. Mi hijo. Tan pequeño para cargar con tanto silencio. Llevaba su cuaderno contra el pecho, su escudo contra el mundo. Sentí esa punzada familiar en el pecho, esa mezcla de amor insoportable y culpa corrosiva por no poder arreglarlo.

—Matías —dije, tratando de sonar firme, aunque por dentro solo quería saber por qué había subido—. Estoy ocupado.

Él la miró a ella. Y ella... ella hizo algo que nadie más había hecho hoy.

Se levantó. Caminó hacia él y se puso de rodillas. Se puso a su altura. Desde mi escritorio, me quedé paralizado observando la escena. Normalmente, la gente le habla a Matías como si fuera tonto o sordo. Ella le habló bajito. Le pidió ver el cuaderno.

Cuando Matías dio esos dos pasos hacia ella y le entregó su mundo de papel, dejé de respirar por un segundo. Él no confía en nadie.

—¿Este eres tú? —preguntó ella con una dulzura que parecía ajena a este edificio de cristal y acero. Como si hacía menos de un minuto no estaba desafiándome con ese mentón pequeño y hermoso.

Matías asintió.

Y entonces ocurrió. Lo vi, pero mi cerebro tardó en procesarlo. Matías, mi hijo, el niño que se esconde detrás de mis piernas o se encierra en su cuarto, estiró su pequeña mano y le tocó la rodilla.

Fue un gesto minúsculo. Un roce. Pero para mí, fue como si hubiera gritado.

Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la cabeza. No era celos. O quizás sí. O quizás era el terror de ver una puerta abrirse donde yo solo había encontrado paredes durante tres años. Ella había logrado en dos minutos lo que yo no había logrado en años: conexión.

Tuve que romper el momento. Era demasiado intenso. Demasiado real para una entrevista de trabajo.

—Ya, Matías. Vuelve con Valentina —ordené. Mi voz salió más rasposa de lo que pretendía.

Cuando ella se levantó y me enfrentó de nuevo, vi algo diferente en su mirada. Ya no era solo la chica asustada con la blusa mal planchada. Ahora tenía una misión.

—Creo que no estoy aquí por casualidad, señor Anchorena.

Tenía razón. Maldita sea, tenía razón.

Crucé los brazos para que no viera que mis manos temblaban ligeramente. No podía dejarla ir. Si Matías la había elegido, yo no tenía voto en esto. Pero no podía mostrame débil. Tenía que mantener el control.

—Tiene siete días —dije, calculando fríamente—. Una semana a prueba. Se muda hoy si acepta.

Vi el pánico en sus ojos. La duda. 

—¿Y si digo que no? —retó ella.

—Buscaré a otra persona.

Mentí. No había otra persona. Si ella salía por esa puerta, yo volvía al punto cero, y Matías volvía a su silencio. La necesitaba. La urgencia me quemaba la garganta, pero mantuve mi rostro inexpresivo, como una estatua de hielo.

Ella miró al suelo. Sopesó su vida, sus opciones, su miedo. Y luego, levantó la barbilla, esa que por una extraña razón quería sostenerle también.

—Acepto.

Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. Bienvenida al infierno, Mariana Toledo. Espero que puedas salvarnos. Porque yo ya no sé cómo hacerlo.

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