Capítulo 4: La Invasión

POV: Mariana

Lugar: Mansión Anchorena, California

Actualidad.-

Elías nos observaba desde la puerta con una expresión que no pude descifrar. Seguía riéndome con Matías pero en ningún momento le quité la mirada. Él dió la media vuelta y se marchó.

Clara entró en el campo de visión de la puerta. Nos miró y luego siguió con la mirada a Elías marchándose. Un velo de preocupación parecía haber pasado por su rostro.

Debió notar la incomodidad en el ambiente porque le pidió a Matías ir a dormir, recogió todo y lo llevó a la cama. Me acerqué a él y poniéndome en su nivel, le sonreí.

—Buenas noches, Matías —susurré, cubriéndolo con la manta… Él seguía sonriendo mientras cerraba sus ojitos.

Clara se marchó, y luego de asegurarme que Matías estaba dormido, yo también. Cerré la puerta de su habitación detrás de mí. Y miré al frente.

La casa seguía en silencio, como si contuviera la respiración. Afuera de la habitación de Matías, todo estaba en penumbras pero por alguna razón no sentí miedo de la posibilidad de encontrarme a Elías. Él solo nos había visto con su pragmático rostro sin ningún tipo de expresión y se había marchado.

Yo no puedo comprender lo que sentí al ser escrutinada bajo su mirada, pero sería mejor si no entraba por esas aguas. Mi misión aquí es Elías, no. Mi misión aquí es Matías Anchorena.

Di dos pasos, dispuesta a ir a mi nueva habitación. Pero justo cuando fui a dar el tercer paso, sentí algo. Otra vez.

No fue un sonido. Más bien una presencia. El aire estaba en pausa.

Giré la cabeza a mi derecha y lo vi. A él. Elías Anchorena me observaba con su rostro inmutable, desde la baranda que estaba a tres metros de las puertas de nuestras habitaciones.

Estaba de pie y brazos cruzados apoyado de espaldas y medio envuelto en sombras, con sus ojos brillantes mirándome.

¿Estaba allí desde que nos vió desde la puerta? Claro que no, Mariana, eso fue hace más de quince minutos.

No supe qué hacer pero no me moví. Sostuve la mirada, medio desafiante y medio curiosa.

Y entonces habló. Su voz, esta vez, no sonó tan cortante.

—Es la primera vez que ríe en años.

Su tono era casi... humano. Cansado. Como si él mismo no recordara la última vez que dijo algo así de suave.

—Quizás, quizás solo necesitaba que alguien lo viera —respondí.

Él asintió una sola vez. Luego, se giró y desapareció por el pasillo, como si no quisiera que lo vieran sentir.

Me quedé allí, en la penumbra, con mi corazón latiendo de forma extraña.

En ese momento lo entendí. Ese hombre... estaba roto.

Y yo, sin quererlo, ya había empezado a entrar por las grietas.

//

POV: Elías Anchorena 

No me gustan los cambios. No me gustan las sorpresas. No me gusta cuando algo altera el orden de las cosas. Y sin embargo, ahí estaba ella. Mariana Toledo. En mi casa. En la habitación contigua a la de mi hijo. Caminando por el mismo mármol donde el silencio había reinado durante casi tres años.

Desde el primer momento en que la miré supe que era un error. Ella era demasiado hermosa, demasiado delicada, demasiado diferente, demasiado pura. Debí haber rechazado su candidatura, debí escoger a otra persona, pero Matías…

No había visto que respondiera así con nadie. Demonios, ni a mí se me acercaba de esa manera. Todo esto estaba mal.

Ella no era nada de lo que yo esperaba cuando acepté que Valentina propusiera tener un tutor. ¿Deberíamos haber escogido a un hombre? ¿Qué pasa si esto confunde a Matías? ¿Qué pasa si me confundo yo?

Mariana era imponente, y eso me irritaba. Su mirada no bajó al verme la primera vez que nos encontramos. No se dobló, no jugó a complacer. Al rato noté que tenía algo que me molestaba: determinación sin disfraz. Esa clase de mujer que no se achica ni siquiera frente al peso de mi apellido.

Y aun así, la dejé entrar.

¿Por qué?

Porque Matías la miró. Porque por primera vez en más de tres años, respondió

a alguien. No con palabras, pero sí con algo más fuerte: conexión.

Yo no creo en señales. Pero hoy, cuando ella se agachó frente a él, cuando le habló con voz serena y sin condescendencia… vi una grieta. 

Y las grietas siempre me han obsesionado.

Sentado en el estudio, dejé salir un suspiro. Me masajeé el ceño en un intento de relajarme. Mi mente esta vez recordando cuando la vi llegar minutos antes con una maleta raída y una cara de cansancio que delataba su historia.

Era evidente: ella no pertenecía a este mundo. No a los salones con paredes de cristal ni a los cubiertos de plata que heredé de mi madre. Su ropa, su voz, su acento… todo en ella hablaba de lucha.

Y sin embargo, Matías la miraba como si fuera un refugio.

¿En qué momento esta mujer se convirtió en el único canal entre mi hijo y el resto del mundo?

No me gustaba. Nada de esto me gustaba.

Después de la cena, me mantuve en silencio. Desde la biblioteca, observaba las cámaras de seguridad instaladas en el ala este. No por desconfianza hacia ella. Ni por rutina, era control. Supervisión. Necesitaba sentir que no estaba perdiendo las riendas.

Desde las cámaras del pasillo, vi a Mariana entrar a su habitación. Luego, a Matías colarse cinco minutos después, con su cuaderno y crayones en la mano.

La escena me descolocó.

No me ofendió. Me incomodó.

Mi hijo no se acercaba a nadie. Ni siquiera a mí.

Y ahora… buscaba a esta mujer, como si fuera lo más natural del mundo.

Tragué el whisky sin hielo que me acompañaba cada noche desde hace años y apagué el monitor. Me serví otro vaso.

No iba a dejar que esto me afectara. Me tomé el siguiente vaso de Whisky lo más lentamente posible, esperando que me ayudara a calmar lo que sea que estaba sintiendo.

No sé cuánto tiempo había pasado, pero decidí seguir la rutina. Salí de la biblioteca rumbo a mi habitación. Al subir las escaleras, el silencio de la casa me pareció distinto.

No vacío.

No cómodo.

Vivo.

Y eso era un problema.

Cada rincón de esta casa había sido diseñado para aislar, para organizar el caos. Después del accidente donde perdí a mi esposa y quedé en brazos con mi pequeño hijo, me aseguré de mantener todo en equilibrio: horarios fijos, comidas contadas, conversaciones mínimas. Mi terapeuta lo llamaba “rutina de control emocional”. Yo lo llamo supervivencia.

Pero Mariana rompía la simetría con solo existir aquí. Escuché lo que interrumpió el silencio.

Vi la puerta de la habitación de Matías entreabierta. La luz cálida se derramaba por la rendija. El sonido de lápices sobre papel. Y luego, una risa baja.

La risa de mi hijo.

No podía recordarla. No así. No desde que Bianca... Cerré los ojos. Respirar. Contar hasta diez. Control.

Me acerqué sin hacer ruido. Me detuve frente a la entrada. Y los vi. Matías dibujando en el suelo, Mariana a su lado, cruzada de piernas, con los pies descalzos sobre la alfombra blanca. Se reía con él. No de él. Y él… la miraba como si el mundo fuera menos pesado con ella al lado.

Fue entonces cuando sentí la punzada. Justo ahí, entre el pecho y el orgullo.

Una parte de mí quería irrumpir, interrumpir esa intimidad que no me incluía. Otra… no pude moverme.

Solo los observé.

Como si estuviera espiando algo sagrado.

Cuando ella alzó la mirada y me vio, no dijo nada. Tampoco se asustó. Solo me sostuvo la mirada como si supiera que estaba allí todo el tiempo.

Y eso era lo que me costaba admitir, que me gustaba su retadora mirada, y me había empezado a gustar ella sin darme cuenta. Eso dolía.

No pude más. Escuché los pasos de Clara acercarse y aproveché para alejarme del dolor que me provocaba verlos.

Caminé pero no pude hacer que mis pies me llevaran más allá de unos pocos metros. Me quedé a unos pasos, recostado en la baranda, diagonal a la habitación de Matías. Allí la vi, dudando en salir pero luego dando pasos muy calmados fuera.

Mariana se detuvo a mitad de camino mirando hacia mi dirección y supe que me percibió. Agradecí por la oscuridad que nos rodeaba. Me sentía diferente y de tener las luces encendidas, no estaba seguro si ella sería capaz de notarlo.

Nuestra conversación fue corta, quirúrgica, precisa. Y aunque me fui, esa noche no dormí. Me quedé en mi estudio revisando correos que no necesitaban respuesta urgente, viendo reportes que ya había leído tres veces. Pero nada lograba desviar mi mente de lo que había presenciado.

Matías… sonriendo. Compartiendo. Dibujando. Y Mariana, en medio de todo. Sin pedir permiso. Sin pedir perdón.

Sentí que estaba perdiendo algo. O tal vez, recuperándolo de una forma que no controlaba.

Esa era la maldita sensación. Pérdida de control.

Había logrado mantener este mundo bajo mis reglas. Incluso después de la muerte de Bianca, cuando todo colapsó, reconstruí la vida como una máquina: fría, eficiente, predecible. No por crueldad, sino porque era la única forma de seguir.

Pero Mariana había llegado como una brecha.

Una invasión. No solo a esta casa. A mi hijo. A mí.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP