Contrato con el CEO Viudo: Viviendo Bajo El Mismo Techo
Contrato con el CEO Viudo: Viviendo Bajo El Mismo Techo
Por: Sofía Blake
Capítulo 1 – La Entrevista

POV: Mariana

Lugar: California, Palo Alto – Sede de Anchorena Global Holdings

¿Qué hago aquí?

Esa fue la pregunta que más fuerte me retumbaba en la cabeza mientras apretaba los dedos contra mi portafolio azul, ya sudado de tantos nervios. Las puertas del ascensor se cerraron frente a mí con ese ding robótico, y por un instante, consideré presionar la “L” y escapar por el Lobby como si nunca hubiera estado allí.

Pero no. No otra vez.

Desde que llegué a California con mi visa de trabajo temporal (y toda la ilusión de que aquí empezaría la vida que siempre soñé), las cosas no han hecho más que ir cuesta abajo. Despedida de la escuela que me ayudó a conseguir la visa porque no acepté que el director se propasara conmigo. Rechazada de dos escuelas por falta de cupo, un contrato cancelado antes de empezar por protestas en la zona, y ahora... Solo me quedaba esta oportunidad.

¿El puesto? Un trabajo de tutora privada en una empresa de oficinas pulcras, silenciosas, de esas donde el aire huele a vidrio templado y a éxito. A lo lejos, las paredes brillaban con pantallas que mostraban gráficos y cifras que no entendía. Todo parecía sacado de una serie de Letflix sobre millonarios y poder. Y yo, con mis zapatos de suela raspada y mi blusa planchada a medias, parecía haberme equivocado de  planeta. Definitivamente, yo no encajaba aquí. 

Pero tienes que encajar, Mariana. Me repetí como mantra mental por primera vez.

Una recepcionista que parecía una despampanante modelo de catálogo me sonrió con labios rojos perfectos, y cabello castaño impecable.

—¿Mariana Toledo? —preguntó, mirando su iPad.

Asentí.

—El señor Anchorena la recibirá en su oficina. Piso 18.

¿El señor Anchorena ? ¿El CEO? ¿Personalmente?

—Perdona, ¿en qué piso estamos?

Ella sonrió amablemente. Seguro notaba que este sitio parecía un laberinto al que ella se había acostumbrado. Se levantó calmadamente y dijo: — Estamos en el piso número 3. El señor Anchorena no tolera los retrasos, por favor. —Extendió su mano hacia el ascensor, indicándome que lo tomara. 

—Sí, claro. Gracias. —Dije y caminé hacia el elevador. Yo pensaba que iba a hablar con alguien de Recursos Humanos, quizás con una psicóloga o una asistente. No con Elías Anchorena, el hombre que según G****e era dueño de una de las empresas tecnológicas emergentes más poderosas de la costa oeste. Un viudo con un hijo pequeño, eso decía el anuncio. ¿Se refería a él? Tomé mi teléfono y busqué su nombre de nuevo. Un artículo decía que era frío, calculador y despiadado. Varios hilos de X lo tildaban como un monstruo sin alma. Y en reddit, muchos opinaban que él había matado a su esposa.

Tragué saliva.

Entré al ascensor, y al levantar la mano para marcar el piso 18, me di cuenta que estaba temblando. Presioné el botón, más por un acto impulsivo que por conciencia. Respiré hondo, y subí, con el corazón latiendo como si alguien me hubiera inyectado Red Bull en las venas.

El ascensor se abrió en un gran salón. Pero no era un gran salón, era su oficina, inmensa, un mundo aparte.

Me fijé en los detalles enseguida, digamos que era el miedo impulsándome de nuevo a guardar todo en mi memoria.

Esta oficina no era nada como lo que había visto en mi vida, para ser tan grande, era minimalista, sin una mota de polvo. Ventanales que iban del piso al techo dejaban ver la bahía de San Francisco a lo lejos, aunque ese día, una neblina opaca cubría la mitad de la ciudad. Lo primero que me llamó la atención fue la ausencia de fotos familiares. Ni una planta. Ni un cuadro con color.

Y en el centro: él. De pie, de espaldas, con un traje gris claro y la mirada fija en la ventana. Era un hombre alto con una espalda ancha y fornida, tenía las manos tomadas a su espalda y se veía, intocable.

Esto era un poco cliché.

—Señor... Señor Anchorena … —balbuceé con duda porque casi digo su nombre.

Se giró lentamente. Era más joven de lo que pensaba. Tal vez no llegaba a los cuarenta. De frente se podía notar la intensidad de su mirada, y esos oscuros ojos color plomo que resaltaban con su cabello. Su mandíbula estaba cincelada por los mismísimos escultores griegos, era definida y firme. Me miró fijamente pero no sonrió, más bien tenía el ceño fruncido. Me observó con una expresión que no sabía si era de escepticismo o simple cansancio, no pude leerlo.

—Señorita Toledo. Siéntese. —ordenó, mientras se sentaba en su enorme silla.

Obedecí. Sentí que mis piernas estaban hechas de gelatina.

—Leí su CV —dijo, sin perder tiempo en cortesías—. Tiene experiencia como maestra en primer grado, buena evaluación de desempeño. También trabajó con niños con necesidades especiales, ¿cierto?

Asentí.

—¿Sabe por qué está aquí?

—Entiendo… —balbuceé de nuevo — Entiendo que es para el puesto de tutora… para su hijo.

Él no respondió de inmediato. Tomó una carpeta que tenía sobre la mesa y la hojeó sin mirarme.

—No necesito una niñera —dijo al fin—. No necesito una profesora común. Necesito a alguien que logre que Matías vuelva a hablar.

Abrí más los ojos.

—¿Su hijo no habla?

—Desde hace más de tres años. Desde que murió su madre.

Sus palabras fueron tan directas, tan planas, que dolieron más que si las hubiera dicho llorando.

—Lo siento mucho —dije, sinceramente.

Él alzó la vista. Me sostuvo la mirada por primera vez.

—No necesito compasión. Necesito resultados.

La frase quedó suspendida entre los dos como un muro invisible. Yo apreté las manos en mi regazo, conteniendo las ganas de contestar que no era una máquina de milagros, pero no lo hice. No aún.

—¿Qué métodos ha intentado antes? —pregunté, manteniendo la voz firme.

—Terapias del habla. Psicólogos. Un internado privado. —Bajó la mirada por un instante.—Nada.

—¿Y qué tipo de vínculo tiene con usted? —pregunté, aunque lo noté tensarse.

—Es mi hijo.

—Sí, pero... ¿se siente cómodo a su alrededor? ¿Hay cercanía?

Una chispa de algo —tal vez enojo— le cruzó los ojos.

—¿Quiere preguntarme si soy un mal padre?

—No —respondí sin retroceder—. Quiero saber si soy su última opción... o la primera en intentar algo distinto.

Silencio.

Por primera vez, vi una grieta en esa fachada de CEO perfecto. Tal vez no era tan de piedra como parecía.

En ese momento, se abrió la puerta sin que nadie tocara. Giré mi cabeza para mirar quién era.

Un niño de unos seis años asomó la cabeza. Tenía el cabello oscuro, igual que él, y los ojos... grandes, tristes, demasiado conscientes para su edad. Vestía un suéter azul con dibujos de cohetes y sostenía un cuaderno como si fuera un escudo.

—Matías —dijo Elías, sin levantar la voz—. Estoy ocupado, regresa .

El niño no respondió. Solo miró hacia adentro de la oficina. Me miró a mí.

—¿Él es...? —susurré, mirando a Elías por un instante.

—Sí. —Elías cambió su atención hacia él—. Anda, hijo, vuelve con Valentina.

Pero Matías no se movió. Se quedó en la entrada, mirándome con una intensidad que me descolocaba.

No lo pensé. Me levanté y caminé todo el recorrido hasta la puerta. Me agaché, al nivel de sus ojos.

—Hola, Matías. ¿Puedo ver tu cuaderno?

Él parpadeó. Luego, lentamente, dio dos pasos y me lo tendió. Lo abrí con cuidado.

Dibujos. Cohetes. Una familia. Tres figuras: un hombre, una mujer y un niño con una capa. En la siguiente página, solo dos figuras: el hombre y el niño.

Mi corazón se conmovió profundamente. De repente, quise abrazarlo.

—¿Este eres tú? —le pregunté, señalando al niño.

Matías no habló. Pero asintió.

—¿Y este...? —apunté al hombre dibujado.

Elías, desde el escritorio, no decía una palabra.

Matías alzó la vista hacia su padre. Luego, con una pequeña sonrisa tímida, extendió su dedo... y me tocó la rodilla.

Era un gesto simple. Pero lleno de significado. Sonreí.

Volteé a mirar a Elías, inmóvil. Vi cómo algo se tensaba en su mandíbula.

—Ya, Matías. Vuelve con Valentina—ordenó en voz baja.

El niño bajó la cabeza y salió, despacio.

Cerré el cuaderno y me levanté, enfocando mi atención al portador de ese despliegue cruel

—Creo que no estoy aquí por casualidad, señor Anchorena.

Él se cruzó de brazos.

—Tiene siete días. Una semana a prueba. Se muda hoy si acepta.

—¿Mudarme?

—Necesito que lo vea a diario. Interactúe. Esté cerca. Si quiere este trabajo, será en mi casa.

¿En su casa? ¿Con él allí también?

—¿Y si digo que no?

—Buscaré a otra persona.

Lo dijo con absoluta frialdad. Pero su tono no ocultaba del todo la urgencia. El miedo.

Miré al piso para sopesarlo por un segundo. La imagen de Matías mirándome con esos ojos tristes se reprodujo en mi mente. Si me negaba, Elías posiblemente aceptaría a la segunda mejor opción que estaría en esa carpeta de postulantes sin importar si se convertía en otra persona más que abandonaría la vida de Matías. No debería importarme, pero la idea de que Matías nuevamente se encontrara frente a otro vínculo roto era una idea que no estaba dispuesta aceptar. Matías requería amor y una persona comprometida en su proceso…

—¿Y bien? ¿Cuál es su resolución?—me apresuró casi con rudeza. Lo miré fijamente.

—Acepto.

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