Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Mariana
Lugar: California, Palo Alto – Sede de Anchorena Global Holdings
¿Acepto? ¿Dije “Acepto”?
La palabra se escapó de mis labios antes de que pudiera analizar todas sus implicaciones. Mudarme. Vivir bajo el mismo techo que ese imposible hombre y su hijo herido. Abandonar cualquier plan de estabilidad que tenía en esta ciudad que apenas empezaba a entender.
Elías no mostró emoción alguna. Simplemente asintió y presionó un botón en su escritorio.
—Valentina te indicará lo necesario. Tienes hasta las seis para instalarte.
—¿Las seis? ¿De hoy?
—¿Hay algún problema?
No respondí, caminé hacia el ascensor. Lo sabía: él no ofrecía oportunidades. Las imponía.
5:07 p.m.Valentina era imponente, alta, esbelta, recta, perfecta. Toda su belleza, libertad, seguridad y confianza al caminar era el mejor recordatorio de mi estatus migratorio: pending.¿Alguna vez sería así de segura?
Ella me llevó hasta el edificio donde tenía arrendada una habitación y no había necesidad de empacar mucho, mi estatus migratorio y mi inestabilidad laboral me habían mantenido con mis pertenencias en la maleta.
Odiaba los momentos en los que dudaba tanto de mí. Sacudí la cabeza en negación y salí del edificio. Ella estaba parada al lado del auto negro con el que llegamos. Tenía un blazer negro abierto, una blusa de seda blanca y unos pantalones que hacían juego con su blazer y dibujaban su figura. Estaba hablando por teléfono. ¿Hablaba con Elías?
— Ya… Ya estoy lista. —dije con una voz tan baja que hasta yo me sorprendí de mi inseguridad al hablar.
Ella se volteó y dijo algo al teléfono, parecía inglés. Cortó su llamada y me señaló la puerta del asiento trasero del auto.
— Vamos —Me dijo y me apresuré a subir mi maleta y un bolso que tenía. Ella subió por la otra puerta al asiento trasero.
6:08 pm.
Luego de un largo trayecto, nos adentramos a una zona donde las casas estaban alejadas unas de otras y el bullicio de la ciudad desaparecía a cada segundo que avanzábamos. Llegamos a un gran portón negro, éste se abrió.
Valentina no se bajó del auto cuando éste se detuvo en la casa más silenciosa y majestuosa que había visto. Una moderna mansión de líneas rectas, rodeada de árboles meticulosamente podados, ventanas oscuras y una entrada de piedra gris que no tenía ni una maceta fuera de lugar. Todo era... impecable. Como una maqueta arquitectónica perfecta.
Al bajarme del auto, una mujer mayor, de rasgos firmes y moño tirante, me recibió.
—Mariana Toledo —dije, extendiendo la mano.
—Clara. Gobernanta de la casa. —No me estrechó la mano, pero sí asintió con educación—. Su habitación está arriba, ala este. Le indicaré la rutina del niño después de cenar. Aquí todo sigue un horario. Por favor, respételo.
Asentí, intentando no parecer fuera de lugar, aunque cada fibra de mi cuerpo gritaba te estás metiendo en un mundo que no es tuyo. Renuncia, Mariana, tú no perteneces a este mundo.
Subí por la escalera flotante, mis pasos rebotando contra las paredes vacías. Ni una foto. Ni una risa. Ni música. La casa era un mausoleo elegante. Tan distinta al caos cálido de la casa de mi abuela, con el ruido de la olla a presión y la radio sonando salsa vieja de fondo.
Transcurrieron un par de horas mientras me asentaba y guardaba mis cosas en lo que sería mi nuevo hogar de ahora en adelante.
Mi habitación era amplia, con vista al jardín trasero. Impecable. Blanca. Sin alma.
Me senté en la cama y respiré hondo.
¿Qué hago aquí, Dios mío?
Fue entonces cuando escuché un golpecito en la puerta.
Me levanté y caminé hacia la puerta. Al abrir, lo vi: Matías.
Tenía un pijama de dinosaurios y una libreta entre las manos. Me miró sin hablar, y luego... entró.
Sin decir una palabra, caminó hasta la alfombra frente a mi cama, se sentó en el suelo y abrió su cuaderno. Empezó a dibujar.
—¿Puedo mirar? —pregunté, sentándome con él.
No respondió. Pero no se alejó.
Acepté lo que pudo darme y durante quince minutos compartimos un silencio lleno de cosas que no se decían mientras le alcanzaba los crayones que quedaban regados al dibujar. Compartimos un lenguaje sin palabras.
Suspiré, recordando que debía tener paciencia. Quería que esto funcionara y tanto como fuese posible, que nuestras interacciones se volvieran un espacio seguro para él.
Cuando terminó su dibujo, me lo mostró: era yo. Con él.
Un trazo torpe, infantil, pero claro.
Me apunté con el dedo.
—¿Esa soy yo?
Asintió. Y por primera vez, me sonrió.
Fue una sonrisa pequeña. Insegura. Pero estaba ahí.
Y me desarmó.
Alguien tocó mi puerta y era Clara que venía a buscar a Matías.
Me levanté y empecé a recoger sus crayones, le tendí la mano para ayudarlo a levantarse, pero no me la sostuvo. Se levantó por su cuenta.
Al menos lo intenté.
Un poco desesperanzada le di los crayones a Clara y cuando ella le tendió el brazo para que la siguiera, sentí unos dedos sosteniendo mi mano.
Miré hacia abajo. Era Matías.
Me devolvió la mirada, estudiando mi expresión por unos segundos. Luego comenzó a a jalarme hacia la puerta. Comprendí lo que quería y llena de curiosidad, lo seguí de la mano.
Recorrimos unos cuantos metros hasta llegar a la habitación contigua. Pasamos rápidamente por una puerta entre abierta y fue cuando noté donde estábamos: Su habitación. Matías me soltó la mano para salir corriendo a buscar colores y cuadernos. Aproveché para mirar alrededor.
Su cuarto no parecía pertenecer a esa casa tan vacía y plana. Por cada lugar que posara mis ojos, estaba lleno de colores, dibujos y únicas formas de arte con plastilina y otros materiales.
Las cortinas estaban cerradas pero no importaba, había un proyector en alguna esquina reflejando una noche estrellada mientras por debajo habían luces amarillas tenues que permitían mirar el cuarto y disfrutar cada detalle divertido. Era hipnotizante.
Salí de mis observaciones cuando Matías pasó por el frente de mí, corriendo hacia una esquina para sentarse frente a una tienda hecha de tela. Me lo imaginé durmiendo allí en algunas noches. Era acogedor… pero también solitario.
Matías no parecía tener la costumbre de confiar en las personas tan rápido como para mostrarles su pequeño reino. Esto se veía privado. Como si este cuarto fuese su mente y él me estaba dejando entrar en ella Algo en mí se conmovió y se aterrorizó ante esa posibilidad. Ya no habría vuelta atrás.
Me miró fijamente, como esperando que me uniera a él. Mi corazón se encogió de ternura.
Descarté toda duda.
No sé qué hice para merecer su confianza pero iba a aprovechar cada acercamiento que Matías me permitiera tener a su mundo.
Caminé hasta donde estaba y me senté de piernas cruzadas junto a él. Durante los minutos siguientes, se centró en dibujar mientras yo lo asistía con colores.
Esta vez hizo una especie de papa y le colocó unos ojos encima.
— ¿Esa quién es? —pregunté con curiosidad real.
Matías rió a carcajadas, sorprendiéndome. Me reí con él también.
En ese momento lo sentí.
La tensión…la urgencia. Era una sensación difícil de explicar pero seguí mis instintos y miré rápidamente hacia la puerta, y lo vi.
Elías nos observaba desde la puerta con una expresión que no pude descifrar. Seguía riéndome con Matías pero en ningún momento le quité la mirada. Él dió la media vuelta y se marchó.







