Ariadna se encontraba en el despacho de Elias, la misma habitación que había sido testigo de revelaciones impactantes. Aún podía sentir el eco del último beso compartido, la promesa tácita de un futuro incierto. Pero esa atmósfera cargada de intimidad y complicidad se había evaporado. En su lugar, el aire era un campo de batalla de voluntades opuestas.
Elias, con su figura imponente, se movía por la habitación con la misma inquietud que la recorría a ella. Parecía un depredador enjaulado, sus o