Hedor
Ariadna caminó por el Límite de Ceniza durante casi dos horas, el sol ya se había ocultado hacía horas, dejando el cielo de un color púrpura oscuro y helado. El terreno era aún peor de lo que Elías había descrito: yermo, desolado y extrañamente silencioso. Cada paso levantaba una fina nube de ceniza grisácea, y la atmósfera opresiva le recordaba constantemente que estaba pisando una tierra envenenada por la magia.
La ausencia de dolor físico era su única ventaja, pero el esfuerzo mental l