Golpe de sangre
La puerta principal se cerró con un suave clic, pero en la inmensa habitación, el silencio que dejó Lyra era más atronador que cualquier grito. Elías no se movió de su sitio, hincado junto a la cama. Su furia anterior se había disipado, reemplazada por un pánico helado que le recorría las venas. La palabra de Lyra —muriendo— había encajado con la palidez de Ariadna y su debilidad palpable.
Él tomó las manos de Ariadna, apretándolas con desesperación.
—No. No la escuches, no pue