En la Cama del Alfa
La primera sensación que alcanzó a Ariadna fue el calor. Era un calor envolvente, profundo, que se sentía más bienal que artificial, casi como si estuviera arropada por el sol en un día de verano. Lentamente, los ojos verdes parpadearon hasta abrirse.
El techo no era el de su habitación en el complejo, el que le habían asignado. Era alto, de madera oscura y noble, con gruesas vigas cruzadas y una araña de hierro forjado en el centro. El aire olía a pino, a limpieza y, de for