La noche aún no terminaba cuando Marcello regresó a su mansión.
El portón se abrió con rapidez, y las camionetas entraron dejando un rastro de polvo y derrota. Nadie habló. Nadie se atrevió. La atmósfera era pesada cargada de furia contenida.
Marcello bajó del vehículo con movimientos bruscos. Tenía la camisa manchada, el rostro endurecido y la mirada completamente fuera de control. Caminó directo hacia el interior sin mirar a nadie, empujando la puerta con tal fuerza que esta golpeó la pared.