El hospital se alzaba bajo la luz de la mañana. Las puertas automáticas se abrieron con un leve susurro cuando la camioneta negra se detuvo frente a la entrada.
Stefano descendió primero. Su mirada recorrió el lugar con precisión, evaluando cada detalle, cada posible amenaza. Luego abrió la puerta trasera.
—Baje —ordenó.
Victoria dudó un segundo, pero terminó obedeciendo. Sus pies tocaron el suelo con inseguridad, y su mirada se movió nerviosa entre los pocos pacientes que entraban y salían sin