La noche había caído pesada sobre la ciudad, demasiado pesada, y lo peor apenas estaba comenzando.
El rugido de los motores rompío el silencio mientras un convoy de vehículos negros avanzaba con precisión hacia su destino.
Marcello iba al frente.
Sus ojos estaban encendidos.
Su mente… completamente clara.
—Pónganse las máscaras —ordenó con voz firme.
Los hombres, sentados en los distintos vehículos, obedecieron de inmediato.
El sonido del cuero y el metal acompañó el momento.
—Nadie debe saber