El silencio que dejó Marcello tras sus palabras fue más aterrador que los disparos.
Sus hombres comenzaron a retirarse con la misma precisión con la que habían llegado. Ninguno dudó, ninguno habló. Solo obedecieron, cada uno subió a las camionetas.
Marcello fue el último en moverse.
Bajó lentamente el arma, giró sobre sus talones con elegancia… como si aquella escena hubiera sido parte de una función perfectamente ensayada.
Subió a su vehículo.
Y el convoy desapareció en la noche, sin dejar hue