El motor del auto rugía mientras atravesaban la carretera oscura.
Victoria no dijo nada.
Seguía en silencio, con las manos temblando sobre sus piernas y la mirada perdida en algún punto inexistente.
Había visto demasiado.
Su madre.
Su hermano.
La sangre.
La muerte.
Y ahora… estaba con él.
Santino.
El único hombre que parecía capaz de detener ese infierno… y al mismo tiempo, el único que formaba parte de él.
Santino la observó de reojo.
Su expresión no cambió, pero su mandíbula se tensó apenas.