Mientras tanto a kilómetros de ahí…en la mansión de Santino, quien no era un hombre paciente.
Y sin embargo, ahí estaba.
Dando vueltas dentro de su propia biblioteca como una fiera encerrada, con los pasos medidos pero cargados de una tensión que parecía crecer con cada segundo que pasaba. Sus manos iban y venían entre sus bolsillos, su mandíbula se tensaba, y su mirada —oscura, profunda— no lograba quedarse fija en ningún punto.
Victoria.
Otra vez ella.
Otra maldita vez en su cabeza.
—¿Qué de