El sol. Ese maldito sol de la mañana entró por el ventanal de la suite como si quisiera taladrarme los ojos. Sentí un martilleo en las sienes, como si un grupo de mineros estuviera buscando oro dentro de mi cabeza. Intenté moverme, pero las sábanas de seda se sentían como cadenas pesadas. Tenía la boca seca, con un sabor amargo a vino barato y arrepentimiento.
—Ay, mi cabeza... —gemí, cerrando los ojos con fuerza.
En ese momento, estiré la mano y sentí algo que no era una almohada. Era algo sól