Bajamos al restaurante del hotel y el lujo me seguía pareciendo un insulto a mi dolor de cabeza. Cada paso que daba con los tacones sentía que el cerebro me rebotaba contra el cráneo. Leon caminaba a mi lado, impecable, como si no se hubiera pasado la noche mintiéndome y burlándose de mi borrachera. El muy cínico llevaba una mano puesta en mi cintura, apretando con firmeza, recordándome que hoy tocaba actuar.
—Quita esa cara de funeral, Érica —me susurró al oído mientras nos acercábamos a la m