Al siguiente día, Dante bajó las escaleras silbando. Se estiraba como un felino satisfecho. En la sala de estar, con su traje de seda perfectamente planchado y su taza de té en mano, estaba Isandra Moretti.
—Buenos días, hijo.
Dante la saludó con dos besos en la mejilla y caminó hacia la cafetera como si gobernara el mundo.
—¿Dónde está tu sombra? ¿no la harás venir para que ella elija tu ropa? Ya tu hermano me dijo que una asistente nueva te trae enganchado. Sabes que me gusta saber con