Dos días después del nacimiento de Aurelio, el hospital seguía envuelto en una calma artificial.
La habitación de Margaret estaba en el último piso, aislada, vigilada discretamente por hombres de Dante que se hacían pasar por familiares o personal del hospital.
El parto la había dejado débil, pero estaba recuperándose.
La luz de la mañana entraba por la ventana cuando Margaret abrió los ojos. Se sentía cansada, pero ya no tenía ese dolor constante del día anterior.
Dante estaba sentado en l