Movía el lapicero de un lado a otro mientras revisaba cada documento que me habían entregado los bancos, corroborando a qué cuentas habían sido depositados los desfalcos de la compañía. Solo aparecían registros de cuentas en el extranjero, a nombre de personas ficticias que ni siquiera existían. Sin embargo, todas las transferencias estaban firmadas por Amelie.
¡Amelie! ¡Amelie! Maldita sea, esa rubia y sus ojos inocentes, estaba acabando con mis pensamientos.
Escuché dos golpes en la puerta de