EPÍLOGO
Amelie Manson
Una contracción, luego otra. El dolor me desgarraba y no pude evitar gritar.
—¡No puedo más, duele, y duele mucho… ahhh!
Damián se acercó de inmediato, tomó mi mano con tanta fuerza que sentí cómo le temblaban los dedos. Su rostro estaba tan pálido que apenas parecía respirar. Me miraba con los ojos desorbitados, como si el mundo se le estuviera desmoronando en ese instante.
—Tranquila, mi amor, ya falta poco —me decía, aunque era evidente que la voz le temblaba más que a