Damián Feldman
Mis dedos se movían sobre el escritorio una y otra vez. Por fin era lunes, por fin volvería a verla. Había decidido que no la seguiría, aunque por dentro estuviera muriendo de ganas. No me costaba imaginar en qué había pasado su tiempo estos meses; aun así, nada me preparaba para el hecho de volver a tenerla aquí, a escasos metros.
El reloj de pared marcó las ocho en punto cuando escuché el ding del ascensor. Mi corazón dio un vuelco, conocía demasiado bien su puntualidad como pa