Amelie Manson
Después de abofetearlo, la piel de mi mano ardía como si hubiese tocado fuego. Sin embargo, lo que más dolía no era el enrojecimiento de mis dedos, sino el descontrol que se había apoderado de mi corazón. Latía desbocado, desesperado, como si hubiese corrido kilómetros sin parar. Todo por él. Porque Damián seguía siendo el mismo, impresionante, viril, un torbellino de energía que se colaba por mis sentidos sin permiso.
Y cuando se inclinó para besarme… Dios, quise perderme en sus