Damián Feldman.
—No hay error —gruñó mi padre—. Cásate con Amelie. Y si puedes concebir otro heredero, ¡hazlo! No le dejaremos todo a mis hermanos. No es justo, debes ser tú y un hijo tuyo, quien se quede con todo lo que nos pertenece.
—Eres increíble, solamente te interesa el dinero, jamás imagine que eras tan calculador, papá, ni siquiera en tu lecho de muerte dejas de pensar en el maldito dinero.
Estaba perplejo.
— Ya, déjame, Damián, ¿le pediste a Amelie que viniera?
—Si papá, se supone qu