El humo se escapa de mis labios como si fuera la última prueba de humanidad que me queda, pero no lo es, nunca lo ha sido. Estoy de pie en este maldito callejón, con los zapatos hundidos en los charcos sucios que vomita la ciudad cuando llueve a cántaros. Sicilia huele a humedad, a pólvora, a historia podrida. A familia, a la mía, a la que yo protejo, por la que yo mato por mantener viva.Inhalo profundo, el cigarrillo se consume lento, pero yo no. Yo ardo, estoy ardiendo desde hace años.—Mierda —gruño entre dientes, moviendo el cuello, haciendo crujir los huesos de la tensión acumulada.Mi mandíbula está tan apretada que me vibra la sien, mi traje, uno de los pocos que me gustaban, está cubierto de sangre. No es mía. No esta vez, observo mis manos… una de ellas sostiene el cigarro, la otra carga con lo que queda de Gabriel Botticelli.«Te defendiste, bastardo. Lo admito»La cabeza, porque eso es todo lo que queda de él, todavía sangra por el cuello rebanado. Me mira, aunque no puede
Ler mais