EPISODIO 1: NUOVO MONDO

RYSA

El primer soplo de conciencia es como una brisa helada en una madrugada desierta. Abro los ojos y lo primero que veo es el techo blanco de mi habitación. Mis pensamientos son un caos: trozos de imágenes, ecos de risas y llantos que no logro ordenar. Me siento distinta, como si mi cuerpo no encajara del todo con lo que debería sentir. La habitación está bañada por la luz tibia del amanecer, y un leve mareo me obliga a llevarme la mano a la frente.

Me incorporo en la cama, pero lo que veo me congela. Estoy en mi antigua habitación. Las manos que sostengo frente a mí no son las que recuerdo. Mi piel parece más tersa, mis dedos más ágiles, menos marcados por el paso del tiempo. Me levanto de un salto, y cuando mis pies tocan el suelo, me asalta un destello: una fecha marcada en el calendario sobre el escritorio, el año me sorprende. Hoy cumplo 18 años. Eso no tiene sentido.

Corro al espejo que cuelga al otro lado de la habitación. La imagen me golpea como un ladrillo. Mi rostro, más joven, libre de las líneas de preocupación que lo cruzaban hace tan solo... ¿Ayer? Mi cabello castaño claro cae liso y brillante, en ondas sobre mis hombros, como si no conociera el desgaste de los años. Incluso mis ojos azules tienen ese brillo inocente por el que destacaba. Parpadeo, incrédula, y me pellizco una mejilla con fuerza. Un leve dolor me confirma que no estoy soñando.

—¿Qué demonios...? —susurro, mi voz suena igual que hace ocho años, más viva, más segura.

Unos golpecitos en la puerta interrumpen mi ensimismamiento. Giro lentamente, sintiendo cómo mi corazón se acelera. La puerta se abre sin esperar mi permiso, y entra Bella, tan fresca y alegre como si el mundo le perteneciera. Es más joven también. Su energía con ese brillo irritante en sus ojos, me resulta casi exasperante, en especial porque ella quiso asesinarme. Primero me invade el miedo, después la duda y ahora la rabia, una rabia tan oscura, que no recuerdo haber sentido nunca.

Siempre fui la hija sumisa, la hermana leal, la esposa fiel, la mujer que guardaba silencio, que se callaba sus opiniones y que mataba el dolor que la apuñalaba, ahora es como si esa versión de mí misma, fuera el fantasma, estoy llena de odio, de desconfianza, pero sobre todo… de una sed de venganza que me resulta mucho más atractiva que el amor que le profesé al hombre equivocado.

—¡Feliz cumpleaños, Rysa! —exclama con una sonrisa radiante mientras me extiende una caja decorada con lazos dorados.

El corazón me da un vuelco. Esa caja... La reconozco de inmediato. Es el regalo de mi padre: un vestido que, años atrás, me produjo una terrible reacción alérgica. En ese entonces, lo tomé como una simple casualidad. Hoy, con lo que sé, no puedo ignorar la sospecha que siempre latió en mi interior. Ella es la culpable de todo.

—Gracias, Bella —digo, recuperando mi voz por el nerviosismo, tomando la caja con cuidado. Mis manos tiemblan ligeramente. Lo mejor es guardar las apariencias ante ella.

—Ábrelo, ¿no quieres ver lo que hay dentro? —su voz es tan dulce que casi me hace rechinar los dientes.

Dieciocho años, m****a, no puedo creer que haya regresado a esta edad, ¿o todo fue un sueño? No, una pesadilla. Abro la caja lentamente, lo suficiente para ver el delicado tejido azul pálido que reposa en su interior. Recuerdo cómo aquella tela quemó mi piel. Otra sospecha crece en mi pecho, una que no puedo acallar. Cierro la caja de golpe y la dejo sobre la cama.

—No me lo pondré —mi respuesta suena firme, como un golpe seco.

Ya no confío en nadie, no me puedo permitir volver a ser esa chica idiota e ingenua que era antes, no más. La bondad fue lo que me llevó a la muerte.

Bella parpadea, desconcertada, nunca fui de este modo en el pasado, siempre quise ser la Botticelli amable, la que no tenía voz, ni voto en cualquier decisión que tomara mi padre sobre mi vida, esta vez será distinto, si esto es una segunda oportunidad, cambiaré mi destino.

—Pero… tu padre me pidió que ayudara… yo lo escogí especialmente para ti. El señor Botticelli estará encantado de verte con él.

—Escoge algo diferente la próxima vez. Me pondré otro vestido —mis palabras salen cortantes, más de lo que planeaba, pero no me detengo—. Tú no decides por mí, Bella. Aprende cuál es tu lugar.

El rostro de Bella se transforma, aunque rápidamente recupera esa máscara falsa de cortesía. Baja la mirada, pero no antes de que note la furia que arde en sus ojos. Las piezas encajan a la perfección, este es el día en el que conoceré a Davian, el día en el que mi padre lo verá como su única opción para expandir sus negocios criminales con una de las familias más poderosas de Italia, y el mismo día en el que Bella también lo conocerá y se enamorará de él, una cosa más que me envidiará.

—Claro, Rysa, como tú digas —su voz gotea veneno bajo el barniz de dulzura. Se da la vuelta y sale de la habitación con un movimiento tan rígido que parece una estatua caminante.

Respiro hondo, tratando de calmarme. Mi mente se llena de pensamientos confusos y recuerdos fragmentados. ¿Todo lo que creí haber vivido es un sueño? ¿Una pesadilla? ¿Acaso fue una premonición? Maldición, me duele la cabeza, de ser así… en esta época mi padre… no, no puede ser. Necesito verlo. En mi línea de tiempo, él enfermó gravemente dos años después de este día.

Corro hacia su despacho, ignorando las miradas curiosas de los empleados en el camino. Al entrar, ahí está él: elegante, imponente, y con esa mirada fría que siempre me hizo sentir insignificante. Sin embargo, cuando levanta los ojos y me ve, algo diferente brilla en su rostro. Cariño. Pero solo por un instante, ya que esa muestra fugaz, ese pequeño rastro delator de debilidad, desaparece tan rápido como un destello.

—¿Qué haces aquí tan temprano? —pregunta, áspero y distante, entrecerrando los ojos, tratando de descifrar qué es lo que tramo.

—Quería verte —me acerco despacio, observando cada detalle de su semblante. Parece tan apuesto, tan lleno de vida, tan seguro de sí mismo. Es difícil imaginar que este hombre cayó tan rápido.

—¿Algo en particular? Ahora no tengo tiempo —espeta con firmeza, sin un ápice de empatía por este día.

Trago saliva, dando un paso adelante, con los latidos martillándome.

—Deberías revisar tu corazón —en cuanto las palabras brotan de mi garganta, me arrepiento.

Su expresión cambia. Se inclina hacia atrás en su silla, riendo con incredulidad.

—¿Mi corazón? Rysa, estoy perfectamente sano.

—Hazlo, por favor —intento no mostrarme demasiado ansiosa—. No me hagas repetírtelo, concédeme esta única cosa hoy.

Antes de que pueda responder, la puerta se abre y entra Gabriel, mi hermano mayor. El único miembro de esta familia que siempre me ha brindado su amor incondicional, su respeto y protección. Lo extrañé tanto estos años. Su sonrisa ilumina la habitación mientras camina hacia mí con los brazos abiertos.

—¡Hermanita! Por fin despiertas. ¡Felicidades! —exclama con ese aire fresco y divertido, típico de él.

No puedo evitarlo. Las lágrimas brotan y corro hacia él, envolviéndolo en un abrazo desesperado. Gabriel, siempre protector, siempre lleno de vida. Su ausencia fue un golpe que nunca superé, cuando papá murió, él tomó el mando de la familia, entrando en una aguerra con los Rossetti, Davian hizo todo porque yo no tuviera oportunidad de verlo, el sabor amargo de su confesión antes de que me lanzara al vacío… me da escalofríos, él morirá a manos del hermano menor de Davian, ahora que lo tengo frente a mí, todo mi ser grita por protegerlo. Si no mal recuerdo, él tiene 28 años, la misma edad que Davian, en esta época.

—¿Qué pasa? —pregunta, extrañado por mi reacción.

—Solo estoy sentimental, eso es todo —tuerzo una sonrisa luego de aspirar su olor a loción masculina y crema de afeitar, aunque mi corazón late con fuerza al pensar en su destino. No voy a dejar que la historia se repita. Esta vez, yo lo protegeré, aunque me cueste la vida una vez más.

Sin embargo, me detengo al recordar las últimas palabras que me dijo Davian “Descubrí que no tienes sangre pura. No eres una Botticelli. Eres adoptada” una cosa más qué pienso averiguar.

Unos pasos se oyen fuera, y la figura de Bella aparece de nuevo en el umbral. Lleva un ramo enorme de claveles blancos. Los mismos que me provocan un escalofrío que me deja sin aliento.

—Esto llegó para ti, Rysa. Son de parte de Davian Rossetti —ella no puede ser más teatral porque parecería exagerada, esas falsas sonrisas, con cada segundo que pasa, compruebo que siempre me tuvo envidia letal, verdadera.

El mundo parece detenerse. Veo el ramo como si fuera un animal acechante, listo para atacar. Mi piel se eriza y un nuevo escalofrío recorre mi columna. Sin pensarlo, lo tiro al suelo, las flores se desparraman y el jarrón se rompe con un estallido.

—Rysa, ¿qué has hecho? —inquiere mi padre con el ceño ligeramente fruncido, esta es una reacción que no debería tener. Luego vuelve a su postura ilegible.

—Lo siento —desciendo la mirada con un disparo de adrenalina recorriendo todo mi torrente sanguíneo—. Yo… qué torpe soy, fue un accidente, me tengo que alistar para la fiesta, con su permiso. 

Sin esperar respuesta, corro hacia la puerta.

—¡Ry, espera! —Gabriel me llama, pero no me detengo. Necesito aire. Necesito pensar.

Mi huida me lleva a chocar contra algo sólido. Mejor dicho, contra alguien. Brazos fuertes me detienen antes de que caiga al suelo. Levanto la mirada y me encuentro con unos ojos grises, tan claros que parecen de otro mundo, casi blancos.

El pánico se enciende en mi interior. Reconozco a este hombre al instante, aunque nunca lo vi en persona, ya que el mismo Davian le tenía miedo y solo se comunicaban por llamada cuando era necesario, toda Italia le rendía pleitesía. Leon Rossetti, el hermano menor de Davian. El futuro causante de un estallido entre mafias que terminará con el enfrentamiento entre la Bratva y la Cosa Nostra, muchas muertes, mucho poder en juego. Y demasiada sangre manchando sus manos, pero sobre todo… quien asesina a mi querido hermano mayor.

Un hormigueo me recorre el cuerpo, sus brazos me sostienen firmes, casi puedo jurar que me atraganto con mi propio aliento, en especial porque recuerdo que el regalo de bodas que envió, fueron dos víboras en un cofre de oro, que, la sirvienta que lo abrió curiosa, fue atacada, el veneno de estas actuó rápido y murió, ¿acaso intentaba asesinarme? ¿O era Davian su objetivo? Ahora me doy cuenta de que estuve rodeada de más enemigos de los que imaginé, ¿en quién puedo confiar ahora?

—¿Quién eres tú? —pregunta con voz profunda, su mirada se clava en mí con una intensidad que me hiela la sangre.

Siento un miedo irracional, peor que cualquier cosa que Davian me hizo sentir. No pienso. Actúo. Me aparto de él, colocando las palmas de mis manos sobre su pecho, dándome cuenta de que voy en pijama, unos pantalones de seda, demasiado cortos, mis piernas al descubierto, una blusa de tirantes, no llevo sostén, y una bata de noche, todo el conjunto de un color blanco puro. Este encuentro no debía suceder. Entonces reacciono, le doy una patada en la entrepierna y retrocedo mientras él maldice sorprendido, rechinando los molares.

—Soy alguien que nunca conocerás, hijo de perra —mi voz apenas es un susurro mientras huyo, dejando atrás al hombre que, estoy segura, no debería estar aquí.

Solo sé una cosa, la llegada de Leon ha cambiado la línea del tiempo, porque a él nunca lo conocí, nunca asistió a mi cumpleaños, por ello mi padre solo puso la mirada en Davian ¿podré cambiar ahora yo, los hechos, evitar mi inminente muerte y la caída del imperio Botticelli?

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App