Pensé que después del beso, después del “me quedo”, lo más complicado ya había pasado. Pero estaba equivocada.
Con Damon, siempre hay una segunda vuelta. Siempre hay un “pero”. Y esa noche, después de que Camille saliera como alma que lleva el diablo y él me acariciara la espalda mientras yo aún estaba sentada sobre su cuerpo, me lo dijo.
—Anel… —empezó, con la voz ronca y aún cargada de deseo, pero con esa gravedad que me eriza—. Hay algo que tenemos que hacer. Y lo necesito contigo.
Me a