Dos días.
Solo eso me dio.
Dos míseros días para decidir si volvía a entregarle mi corazón… o si lo dejaba ir para siempre.
Dormía poco, comía a la fuerza, y me sorprendía llorando sin motivo. O al menos eso quería creer. En el fondo, lo sabía: lloraba porque mi corazón ya había tomado una decisión, pero el miedo a perderlo otra vez me hacía dudar, tambalearme, enloquecer. Lo amaba. Con una intensidad cruel. Y ese amor, aunque me había destrozado, seguía latiendo en mi pecho como un grito deses