El corazón me latía con fuerza, no por emoción, sino por rabia. Por frustración. Por todas esas emociones que había intentado enterrar con su ataúd vacío.
Allí estaba. Damon. Vivo. Impecable. Frío como el mármol.
Mi esposo resucitado.
Hace un minuto atrás pensé que me desmayaría, pero ya estoy más repuesta de la impresión. Así que me permito continuar con más firmeza.
—¿Por qué? —mi voz es firme, pero dentro de mí, estoy temblando. Lo odio. Lo amo. Lo quiero matar. Lo quiero besar—. ¿Por qué f