Nick no se había ido ni cinco minutos cuando subí las escaleras con el corazón latiendo fuerte en el pecho. No por él. Por Damon. Por esa mirada que me lanzó cuando nos abrazamos, por esa mandíbula tensa, los nudillos blancos, los ojos que me quemaban la piel aunque no dijera una sola palabra.
Y yo lo vi. Lo sentí. Sus celos eran una llamarada silenciosa que amenazaba con incendiar todo.
Llegué a su habitación. La puerta estaba entreabierta. Lo encontré sentado al borde de la cama, los codos so