Sentía que el pecho le iba a estallar.
Ya no era el dolor de parto —ese que le había parecido insoportable—, ahora era algo mucho peor: un vacío que le quemaba por dentro, como si le hubieran arrancado el corazón y lo hubieran dejado latiendo fuera de su cuerpo.
Cada segundo sin su bebé, sin su pequeña Esperanza era un latido que le dolía en la garganta, en los dedos, en las piernas que apenas la sostenían de los débiles que estaban.
Su Nana lloraba en una silla, repitiendo «mi niña, mi niña