Horas después, estaba recostada en la cama, con la cabeza apoyada en dos almohadas y la pequeña Esperanza dormida sobre su pecho.
El cuarto olía a flores que habían llegado por la mañana y a ese aroma dulce y único que tenían los bebés.
La puerta se abrió con cuidado y entonces entraron Jacinta, Laura y José. Su nana iba adelante, con un andar lento y los ojos ya brillosos antes de ver a la niña.
—¡Ay, mi reina! —susurró, acercándose de puntitas como si temiera despertar a un ángel. Que sin duda lo era, su bebé era un angelito—. Mira nada más…
—Pasen, pasen —sonrió cansada, pero radiante de tenerlos—. Vengan a conocerla.
—¡Es una muñeca! —exclamó Laura, un poco más fuerte de lo que debería—. ¡Mira qué perfecta!
Por su parte, José se quedó un paso atrás, sonriendo con timidez, pero sus ojos no se despegaban de la bebé.
La pequeña Esperanza dormía plácidamente, envuelta en una mantita blanca con bordes rosados. Tenía el cabello rubio muy fino, casi platino, que brillaba bajo la luz co