Horas después, estaba recostada en la cama, con la cabeza apoyada en dos almohadas y la pequeña Esperanza dormida sobre su pecho.
El cuarto olía a flores que habían llegado por la mañana y a ese aroma dulce y único que tenían los bebés.
La puerta se abrió con cuidado y entonces entraron Jacinta, Laura y José. Su nana iba adelante, con un andar lento y los ojos ya brillosos antes de ver a la niña.
—¡Ay, mi reina! —susurró, acercándose de puntitas como si temiera despertar a un ángel. Que sin d