Alberto colgó y dejó el teléfono sobre la mesa —luego de apagarlo y sacarle la batería—, antes de girarse hacia los otros dos que lo acompañaban.
Estaban en un almacén abandonado, dónde apenas entraba la luz del día.
Mauricio estaba de pie junto a la ventana fumando un cigarrillo, con la mirada perdida. Vestía un traje gris aunque ya tenía las rodillas sucias; el hombre que alguna vez fue poderoso ahora parecía un fantasma de sí mismo.
Mariana, su hija favorita —y la única biológica—, estaba sentada en una silla plegable, tenía a la pequeña Esperanza en brazos.
La bebé dormía inquieta, haciendo pequeños ruiditos de hambre. Mientras la joven la mecía con brusquedad, como quien sostiene un paquete molesto del cual desea deshacerse cuánto antes. Era su sobrina, pero ni siquiera parecía poder sentir un poco de aprecio.
—¿Y? —preguntó Mauricio sin voltear. Ya sabía que había colgado el teléfono y que esa llamada no era de otra que Rubí, la causante de su desgracia—. ¿Viene la idiota?
—Vie