Su esposo entró en la habitación con ese pelo dorado un poco revuelto y la respiración algo agitada, como si hubiera corrido desde el estacionamiento hasta la sala de partos.
Sus ojos azules la buscaron de inmediato entre las personas que la acompañaban: médicos, enfermeras, su Nana.
Jacinta, como si supiera lo que venía a continuación, se levantó de la silla junto a la camilla con cuidado. No dijo nada al principio, solo acarició una última vez su cabello húmedo por el sudor y depósito un suave beso en su frente antes de susurrar:
—Ya llegó, mi niña. Ahora todo va a estar bien.
Ella sonrió en respuesta, porque le creía cada palabra. Había algo en la presencia de Eros que le daba cierta paz.
Se miraron entonces hasta que él se acercó despacio. Tomó su mano libre —la otra la tenía aferrada al barandal de la camilla— y la apretó con algo de fuerza.
—Estoy aquí —le dijo al fin, con esa voz baja y un poco ronca que siempre había tenido—. No me voy a ir a ningún lugar.
Y no, no quería q