Su esposo entró en la habitación con ese pelo dorado un poco revuelto y la respiración algo agitada, como si hubiera corrido desde el estacionamiento hasta la sala de partos.
Sus ojos azules la buscaron de inmediato entre las personas que la acompañaban: médicos, enfermeras, su Nana.
Jacinta, como si supiera lo que venía a continuación, se levantó de la silla junto a la camilla con cuidado. No dijo nada al principio, solo acarició una última vez su cabello húmedo por el sudor y depósito un sua