—¡¿Qué?! ¿¡Cómo que la tuvieron tan cerca y la dejaron escapar?! —gritó por teléfono—. ¡Son unos inútiles! ¡No les pago para esto!
La voz del otro lado de la línea le explicó la situación, pero ni aun así fue suficiente para calmar la furia del hombre.
—¡No me interesa! ¡Quiero que la encuentren!
Y mientras colgaba la llamada, lo único que podía pensar era en hacer su maleta e ir personalmente a buscarla. No podía dejar que sus hombres hicieran todo, porque estaba comprobado que eran unos tontos que no podían hacer nada bien.
—Señor, por favor… —Ana lo siguió de cerca mientras él caminaba hacia su habitación con pasos apresurados—. No puede hacer movimientos bruscos, sigue en recuperación. ¡Escúcheme, por favor!
—Basta, Ana. Ya nada va a impedir que vaya a buscarla —se detuvo y la miró. Luego, al pensar que al menos ya tenían una pista real acerca de su paradero, sonrió—. Es solo cuestión de tiempo para que mi esposa regrese. Mantén impecable la casa. Quizás… —observó a su alrededor c