Su respiración se entrecortó y dio un paso atrás, simulando que esto no tenía que ver con ella.
No, ese hombre que estaba ahí no era Eros.
No, él no podía reconocerla.
Y mientras más se repetía eso en un intento de autoprotección, más se daba cuenta de que era inútil.
Aun así no desistió. Dio un paso atrás, a punto de girarse y correr por el amplio pasillo del hospital, con rumbo a cualquier sitio que pudiera mantenerla lo más alejada posible de ese hombre.
—¡Rubí! —y entonces escuchó su nombre, seguido de un fuerte jalón en su brazo derecho.
¡Maldición!
—Rubí —repitió el hombre con aquel anhelo enfermizo que le hizo recordar el pasado.
Recordó el día de su secuestro con demasiada nitidez. Era como si su mente la transportara a ese momento en particular, a esa mañana en la que se suponía que iría a la universidad, pero en su lugar todo se fue al carajo.
Antes de eso, su vida era perfecta: era la hija favorita de su padre, la consentida de su abuelo, la mejor estudiante de su clase.
Lu